La doble vida de las calles

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Tal como el sol se oculta para dar vista a la luna, junto al día se ocultan los rostros sólidos de las calles y casas que cubren la tierra de la ciudad para convertirse entonces en la ciudad de las siluetas. Al caer el día una a una van apareciendo luces sobre las calles como un reflejo involuntario de las estrellas en el firmamento, pintando caprichosamente siluetas donde les place, exaltando un edificio por allá ignorando una casa por acá, para entonces hacer callar algunos lugares que durante el día estuvieron contando su historia a los transeúntes y dejar que otras hablen seductoras y deslumbrantes gracias al capricho de aquellos astros terrestres.
Apenas aparece la luna por el horizonte, la ciudad se convierte en una auténtica fiesta de disfraces, se pone su mascara y sale a bailar, sutil y misteriosa, sugiriendo como en un susurro el éxtasis de las posibilidades, se envuelve en su halo de sombras y en el fondo te invita a preguntar ¿Dónde quedo aquella ciudad llena de sólidos edificios, de belleza disimulada y de aires áridos, que a simple vista nada oculta?
Más debes saber, que no te engañen tus ojos en la oscuridad, que la ciudad es la misma sigue intacta y al margen como a cualquier hora, sigue pisando firme lejos de aquella frontera entre tus ojos y tus pensamientos. A pesar de la dualidad de sus calles, no es una Cenicienta que se vuelve gloriosa al subir la noche para atraer tu mirada, se mantiene fuera de tu mente dejando que tus pensamientos fluyan en la corriente que quieran y dibujes tus historias y plasmes esencias en ella como tu conciencia lo dicte, como un caminante paciente que escucha se mantiene a tu alrededor regalándose a lo mejor de tu imaginación.
Personas trazan sus pasos en dirección que las calles nocturnas les indican, pero a veces éstas, traviesas y aburridas dirigen los pasos despistados de la gente a lugares insospechados provocando encuentros, desdibujando caminos hacia memorias perdidas y alejándolos nuevamente hacia sus sendas debidas. Y si alguna vez por accidente o con intención abres los ojos lo suficiente, tal vez distingas en alguna intersección el cruzar de las historias pasadas y presentes de aquella ciudad que nació con un torreón.

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